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La literatura oral sigue siendo fuente de la gran producción literaria. Aun cuando creemos que hoy la literatura escrita impera, debemos saber que no es tanto así, pues si bien la escritura ha ganado mucho terreno, gran parte de ella sigue basándose en la oralidad. La literatura oral, desde ese punto de vista, se convierte en una fuente importantísima para la creación en la actualidad. Y es que los escritores apelan a la tradición roal para nutrir sus historias, ya sea con la tradición histórica, con la folklórica, con la social, o ya con la oralidad urbana que todos los días rueda por la ciudad (comentarios, chistes, mitos sociales, noticias, etc.)
Roland Curisinche Castro ingresa aquí con su libro Cuentan los abuelos que, precisamente, es una recopilación de historias orales de Pasco y de la zona, con múltiples asomos de modernidad literaria. Es decir, que el autor se sirve de la oralidad andina para recrear con recursos literarios sobrios y modernos relatos.

Podemos decir que este libro, lleno de anécdotas y narraciones arrancadas de la oralidad andina, se divide en tres grandes bloques temáticos: los cuentos nacionales, los cuentos de aparecidos y los cuentos urbanos.

Al primer grupo pertenecen los relatos sobre pícaros, truhanes y curas lascivos que pretenden vivir de la mejor forma con un mínimo de esfuerzo. Estos relatos son coloridos, llenos de vida y humor, y se emparentan lejanamente con los cuentos nacionales de escritores como Giovanni Boccaccio, Margarita de Navarra, Chaucer y otros. En la literatura peruana, los referentes serían Ricardo Palma y Clorinda Matto de Turner, quienes se ingeniaron para rescatar de la oralidad nacional (la segunda, de la oralidad cusqueña) las tradiciones más socarronas y entretenidas, realmente inmortales. Su característica esencial es la frescura del relato y las complicaciones de los personajes que se lían en todo tipo de enredos. «Así es como se explica que algunas tradiciones aún posean cierto estatuto originario o fundacional en unas comunidades, mientras en otras simplemente hayan pasado al olvido», dice Víctor Quintanilla Coro.

El segundo grupo de relatos, los de aparecidos, son las que más abundan en el libro de Curisinche. No son relatos propiamente de terror, sino más bien de entretenimiento con toques de humor negro y humanizaciones (como el del condenado que viajaba en un camión). Esta temática es la que prima en la antología y, quizás por ello, los lectores dan por sentado que el libro contiene únicamente relatos de este tipo, lo que no es verdad. Estos cuentos, extirpados de las entrañas de las comunidades andinas, están escritos en una prosa serena y adecuada, y combinan las voces gangosas de las “almas” con el fuego de los condenados para acercarnos a un mundo andino sobrenatural.

El tercer grupo de cuentos, los menos, son los urbanos. A veces anécdotas, a veces relatos uniformes y a veces viñetas sociales, éstos se desplazan por las páginas del libro con festivas o dramáticas historias que nos acercan a nuestra cotidiana realidad. Llama la atención la voz del narrador que, por primera vez, utiliza una fórmula literaria para iniciar sus historias: «Cuentan los abuelos que». Esta frase, que suple largamente a los manidos «Había una vez» o «Érase una vez», le imprime cierta renovación al relato, sin alejarlo de su verdadera esencia: la oralidad. Hubiera sido conveniente que todos los cuentos, sin excepción, empiecen de esa manera para terminar de imprimirle el sello personal.

Buena y larga salud, pues, para la literatura oral.

CONTACTO: cuentanlosabuelos@hotmail.com

Fuente: http://www.correoperu.com.pe/correocentro/huancayo/columnistanota.php?col_id=37&id_nota=380

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